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miércoles, 5 de noviembre de 2008

Esperanzas a los alacranes


“aquel día de noviembre había escarcha.
Semejante a un muerto que respira, pero
no ve, ni se mueve, ni siente; alentaría
hasta el momento en el que el crepúsculo
invernal bajara misericordiosamente
sobre el campo.
Entonces moriría hundido en el desamor,
sin ser llorado, casi inadvertido.”
Eric Malpass (“A las siete de la mañana”)




Hoy fue el último día. Las noches y los días fueron garuando como alcohol, inundando la muerte de los meses, todos los meses que ardieron y convirtieron en cenizas un año más.
Noviembre es mi mes favorito, no porque me haya dejado vivir, sino porque me acomoda mas el frío y el viento otoñal; si, además los atardeceres son mas agradables cuando los cirros se visten de carnavales púrpuras, naranjas y rosas. En Noviembre, el céfiro te pega en la cara, cargado de oscuridad y de interrogantes, y de melancolía.

¿Qué porque soy Pirata?
Una noche desperté a la orilla de este mar de mentiras húmedas, y pensé en correr por el sueño destrozado en cristalinas montañas de sal. Cerré los ojos para que no se tragaran la oscuridad, pero las algas empezaron a mojar todas las ilusiones de papel. Era la costa del olvido. Y así pasó el tiempo, a la deriva de mis pesadillas, mientras mi silueta deforme se desgastaba en este inmenso espejo, con la mueca que a veces la hacía de sonrisa. Miraba con detenimiento, siempre con la resignación de que todo era un mal presagio. Creo que asusta ver como te alejas del mundo embozado en ti mismo.
Recuerdo que tenía sed, y que perseguía luces imaginarias en el cielo, que parecía un plato bocabajo sobre esta inmensidad salada y azul. Y eran estas aguas corrosivas las que minaban mi piel, como síntoma de que no quedaba mucho por hacer. Pronto no me mantendría más a flote…
Siempre he sido más cómplice que nadie de mi incertidumbre, y eso, duele saberlo. Entonces desperté.

El asfalto se convirtió en la alfombra de mi palacio, del hogar del eterno peregrino. Y no había más que misterios etílicos desnudándose lentamente ante la visión superflua, todo parecía tan real que no parecía verdad; tenía prisa por quemar otro intento de recobrar el aliento de la vida y proseguir con el calvario hacia la muerte. Entendí la idealización de la belleza de arrabal que flotaba en el televisor, entendí el contraste entre lo evidente y lo intangible, para poder destrabar mis manos y mi imaginación, alimentando con agua y pan a la esperanza prisionera en un sucio calabozo de sujeción.
El humo se levantaba con pesadez metálica, deslizándose lentamente hasta los confines del universo; siempre me pareció una ironía que no lo lograra, que de pronto se desvaneciera en partículas ascendentes hasta pulverizarse en el aire, un aire ya de por si oscuro y enrarecido. Me divertía consumiendo enfermedad hasta dejarla en cenizas inertes, mientras la inestable crudeza destrozaba las ilusiones de un futuro mejor, la promesa devaluada de que mañana no puede estar tan mal; verdad evanescente, víctima del destino. Columnas, mausoleos para mi pasado.

La escultura del tiempo, el azar y la suerte fueron atormentando mis tinieblas y esas dudas que hunden en el fango del desconcierto a todo aquel que se arroje al viento sin conciencia de que este naufragio es la vida, y que vivir es la única forma de sobrevivirlo. Pero queda la negación aún cuando eso signifique irremediablemente otro desconocido y temido camino: morir.
Pero yo no entiendo nada de lo que se dice en los sueños, ni encuentro pasión en la vía de los creyentes, tampoco me interesa el rumor inaudible de los astros, soy disidente de los aspavientos de la belleza, y prefiero mil veces tocar fondo por mi propia mano que alcanzar el cielo teniendo deudas con alguien. Persigo eclipses y espero agazapado debajo de una piedra. Me condenan por ser un escorpión poco diestro que termina clavando el aguijón siempre en su propio cuerpo, pero prefiero aguantar mi propio veneno a fabricar culpas.
Estoy varado en las corrientes del lenguaje, en su ir y venir de significados, en el fuego cruzado de los signos y los sonidos, entre las atrocidades de la interpretación y los fantasmas tristes del artificio; me erosiono en las vueltas que da este escenario, que viene y va a una velocidad incalculable, hasta parecer tan invisible como la luz. Pero, si miras con detenimiento, descubres sus partículas y sus colores, todo se detiene ante tus ojos, lo puedes tocar y mover de sitio, lo paralizas en el silencio y construyes: columnas y castillos.
La pluma ya no solo habla, sino que siente, imagina y transporta. Eso es lo que soy. Tinta fresca, un sitio en blanco…

Este ha sido un año lleno de todo. Un matiz entre los primeros veinte, que fue desde la voz tenue de un “te quiero” hasta las penumbras del silencio. Y no hubiera podido hacerlo solo, porque lo único que no me ha hecho falta todo este tiempo son amigos:

En principal, Don Diego, y nuestros deslices con el desconcierto y las situaciones imposibles, porque no se da por vencido y porque me ha puesto tiempo y fe; y mi hermanita Elsy, con quien compartí pequeñas victorias, grandes derrotas y abundantes regaños; Vanessa, que es escultora de mi corazón y ha hecho milagros con lo poco que me quedaba de mi mismo; Coral, que es un catálogo de sonrisas, y porque todavía no fumamos ese Lucky Strike; Monse, quien no ha dejado de alentarme desde que entre al ruedo con las letras; y también gracias de larga distancia a Daniela Cañas Valencia, que es una personita tan inconforme y tan cansada y tan inmortal como yo; y como no, a Vale, porque vale maaaaaaas, por todos esos chistes malos y los momentos de simpleza, y porque en bien poco tiempo se ha ganado ser mi amigo; a Paco, porque es purio; a María, que desapareció, aunque no se si deba agradecerle que haya desaparecido (risa); a Dany, porque ahí está siempre; a Leonardo, por seguirme en un sueño o desengaño musical; al Esponja, por el orgullo y los tragos compartidos; a Kumbala y a Rodrigo, por ser mis hermanos y compañeros desde hace nueve años (joder, que se dice fácil); a Daniela María Josefina, porque le gusta lo que escribo (debe tener flojo un tornillo); a Edith, porque nos hacemos reír mucho cada que no tengo casi nada que hacer (que es casi siempre)… En fin. Si alguien se me olvida que me perdone. Quisiera darles algo más a todos y cada uno, pero nada tengo, nada que valga, digo. Solo infinitas gracias.

HastaSiempre!

☠Pirata☠

eltragasables@gmail.com

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