La lluvia está cayendo lenta, limpia las hojas de los árboles inmóviles, moja la tierra, inunda unos cuantos lugares. Algún periódico olvidado por don nadie que se hace maché.
Es fría, está viva a pesar de eso, se lleva de algún sitio la energía eléctrica, deja en penumbra casas, algunos ánimos también.
Hace que los vidrios lloren, que los gritos del neurótico en el tráfico se ahoguen, que los sanos se resfríen, se unen a las fuentes de manera hermosa, a las lágrimas de algunos también; a estas lágrimas las esconden, y esas personas que lloran debajo de la lluvia se ven hermosas. Pero nadie sabe que lloran.
Quién sabe cuanto silencio guarda en sus corazones, por qué caminan tan lento; cómo sus ojos están lloviendo a priori del clima, nadie sabe cuánto tiempo llevan así.
Demuestran que es posible estar sumergido en silencio de tumba a pesar del tráfico, de la lluvia que choca contra las láminas de alguna casa pobre, del ladrido del perro que está todo mojado y apestoso; de sus mismos murmullos.
De que su cabeza esté repitiendo:
“no puede ser”.
Del vendedor del periódico debajo de la lluvia:
“¡prostituta muerta; amanece colgando de los columpios del parque central, extra, extra!”
De que pasan por el puesto de comida vacío del centro:
“¡pase, pase!”;
Y de que los policías de tránsito estén pitando sus silbatos. De que una ambulancia pase a toda velocidad con la sirena encendida.
Por eso la lluvia es una buena máscara, esconde la tristeza de las lágrimas como nadie, permite que los amores imposibles sean sufridos, las despedidas memorables, los silencios devastadores y la soledad fría como las mañanas de cualquier invierno.
Se vuela la helada de la boca, sale humo que no es más que física de temperatura, pero un niño imagina que cuando llueve, sus palabras se hacen visibles, que el humo que ve son sus palabras: “mamá, papá, hermano, perro, Ignacio” y las ve a todas salir de su boca, desapareciendo al poco tiempo entre la tormenta insensata. Es un niño muy bello, pero igual cuando crezca será uno más del resto.
Lo sé porque yo lo he creado.
Pero no vengo a hablarles ni del niño, ni de la lluvia, ni de las personas que lloran debajo de la lluvia. Tampoco de las gotas sucias que caen de los árboles, ni de la puta muerta del periódico, ni de cómo este se hizo papel maché.
Vengo a hablarles de un taxista llamado Sergio: moreno, gordo, con una familia de cuatro hijos y esposa. El tiene 45 y está sentado en medio del tráfico pensando que el cielo está horrible, todo gris, que lleva poca cuota hoy, que está harto de la vida que lleva. Que lleva todos a su sitio, que él no sabe adonde va.
Es un taxista que no sabe qué rumbo tomará su vida, que tiene hambre en este momento, que su radio no funciona bien, le reproduce dos estaciones al mismo tiempo.
Que ve la foto de su madre fallecida en el retrovisor y quiere un abrazo de ella.
Sus hijos mayores, dos varones de 19 y 16 van mal en la escuela, él no quiere el mismo futuro que él tuvo para ellos. Beben casi diario y llegan torpes y olorosos a tratar de disimularlo.
Alguna vez que los regañó, le gritaron cosas terribles, no sabe si ha sido tan mal padre, pero intenta lo que está en sus manos.
Es infeliz, por eso está siempre de mala gana y su esposa no lo entiende, no le ayuda a hacer más amena su vida, al menos recibiéndolo con una sonrisa o un pequeño abrazo.
Su hija tiene doce y anda de novia con un patán que se tiñe el pelo de rubio, trae escapularios de miles de santos y trabaja en un taller mecánico.
“Ojala que mi hija se fije en otro”, piensa.
Su hijo más chico es un estudiante regular de primaria de ocho años que llora de todo.
Pero aún así los ama, de que sus hijos mayores se embriaguen y alguna vez le contesten feo cuando los regaña, de que su hija le diga que no sabe él qué es el amor.
Sabe lo que es el amor y el fin del mismo, pero igual ella no entiende.
El único que aún lo adora es su hijo menor, pero igual sabe que le espera lo mismo de los demás de él en un futuro.
Recuerda cuando su madre lo descubrió fumando marihuana y lo corrió de casa, no fue grave, pero le llamó opresora, ignorante, se enojó mucho con ella.
De nada le sirvió tanta bobera en medio de libros de filosofía, acá los pasajeros no quieren escuchar del súper hombre de Nietzche, ni de los problemas universales, ni de utopías, la vida le pegó duro y sin avisar. De las finolis pláticas bohemias hasta la madrugada con tequila que tenía con sus amigos, terminó llevando a personas de Pino Suárez hasta Vértiz, cientos de pasajes a Chabacano, lléveme al Hotel Marconi en la calle de Héroes.
Muchas veces lleva a gente que jamás vuelve a ver hasta su casa; me cobraban menos le dicen también.
La radio lo empieza a volver loco, se ha dado cuenta que pitando el claxon miles de veces no moverá el tráfico.
Quiere un abrazo de su madre, pedirle una disculpa, decirle que entiende ahora todo, como un día lo harán sus hijos, del mayor al menor.
Pero igual no ve con sus propios ojos cuando lo hagan, como pasó con su madre.
Dos horas varado aquí por un atropellado que yace tirado porque la ambulancia no llega aún. Tiene un pie quebrado y yace boca abajo, muere lentamente y la gente lo mira con curiosidad: “¡no lo toquen!” dice un hombre calvo, déjenlo respirar. Pero el chico atropellado quisiera que también alguien lo abrazara, tiene frío, dolor y miedo.
Le pegaron en el hígado y le sale sangre de la boca. Sangre que corre en la corriente de la lluvia y se hace rosada, se dispersa hasta llegar a las coladeras, dibuja una línea como de humo que sale de su boca, una línea de vida sangre, no son palabras que se ven como las del niño.
Es su alma que se le sale.
El señor del taxi está cansado, ya quiere llegar a casa, es mucha gente ya, muchas caras desconocidas, no conquistó el mundo divagando como soñaba hacerlo. Quiere que alguien lo bese en la frente, le digan que tenga calma, que todo va a mejorar.
Pinche lluvia, no se detiene.
Y se sale del carro a mojarse todo el cuerpo, comienza a llorar.
Entre toda el agua que escurre por su cuerpo, la que sale de sus ojos es cálida, y también suspira como niño, pero su alma está completamente callada.
Me he equivocado, entonces si hablo de las personas que lloran debajo del agua.
Les pido una disculpa por ello...
Quiero agregar algo: Recién descubrí que Ter Li Dum está incompleto, me ha faltado un cuento llamado "Crudos y casi vivos" que estaba en el boceto original del Ter Li Dum.
Debo escribirlo y ver qué hago despuès...
Diego ike
icaro-triste@hotmail.com


Super Mario Rampage


1 comentarios:
El silencio es el Ter li dum que prefiero : ) te rifas
Vale. quet e odia
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