Segunda Parte
Destinatarios Equivocados
“el amor se compra y se vende
Se vende y se compra
A la vuelta de la esquina”
Nada de despedidas, nada de amenazas. Sin explicaciones innecesarias, a esas alturas todo estaba demás. Sin tormentos, sin contratiempos, ni lugar a dudas. Ni siquiera el absurdo pensamiento de una vuelta. Ni huella del amor eterno jurado, maldito y olvidado. Solo un montón de basura en un rincón de la pequeña habitación, que ahora parecía inmensa. ¿Quién iba a pensar que apenas seis años atrás ahí mismo iba a empezar un sueño que mas tarde se convirtió en desengaño? Es que las promesas se hicieron para romperse. O al menos es más fácil pensarlo de ese modo, así uno se deslinda de toda responsabilidad por lo dicho o lo hecho. A final de cuentas está en la naturaleza de todos y el significado de las palabras termina siendo solo momentáneo, y no es que olvidemos, es que ocultamos. O pretendemos ocultar, aun cuando nadie es más responsable de lo que se dice, que uno mismo.
Ella, nunca supe su nombre pero tenía un ojo morado; no había que ser un genio para saber que estaba huyendo de algo; de alguien, mejor dicho. Miraba con aire distante los autobuses tras la ventana con el niño entre los brazos, esperando (como yo), que nos llamasen para abordar, pero con un gesto que disimulaba impaciencia. Sin embargo, yo no sabía su destino. Y creo que ni maldita la gana de saberlo. El niño estaba dormido, tranquilo, recargado contra el regazo protector de su madre… Supuse que era su madre, aunque no se, mi imaginación a veces me traiciona y al mirarlos de reojo y al percatarme de la mancha púrpura que cubría el párpado izquierdo y parte del pómulo de la chica, pensé que lo habían secuestrado y que ella había decidido arrepentirse y huir con el chico porque le había tomado cariño; en esta ciudad uno nunca sabe, uno se puede topar con una buena mala persona o con una mala buena persona apenas con salir a caminar un poco. La ciudad que todo lo ve y todo se lo calla, por eso uno nunca sabe.
Bien, entonces la chica tendría alrededor de los 26 años, y era bonita, pero el niño definitivamente no era su hermano.
Después de retrasarse dos veces, el camión partía a las diez con quince, por la puerta que tenía enfrente, y no faltaba más de media hora. Afuera había dejado de llover y la noche suspiraba quieta y agazapada contra si misma, como una mujer tumbada en la cama después de haber llorado incesantemente durante un largo rato. Será que la ciudad se está volviendo vieja y por eso es cada vez más sentimental… o quien sabe, porque también el clima estaba más impredecible que el pronóstico del melate ese septiembre. Así que como quedaba tiempo, decidí asesinar el hambre, que empezó a moverse lentamente dentro de mí, con su contoneo de odalisca que se va desnudando, que va descubriendo delicias inasequibles; sucede que a veces por más que lo quieras, terminas comiendo lo contrario a lo que pensabas, y los sabores imposibles que embelesaban tu lengua se desvanecen al primer bocado. También sucede que a veces las cosas no son lo que parecen. El hambre siempre engaña.
Por eso compré una hamburguesa, con doble carne y papas a la francesa y refresco, paquete completo. No me gusta complicarme. Ni siquiera con estas cosas. Siempre voy a lo básico y que parece satisfacer mis necesidades más próximas; o a lo mejor las cosas complicadas no son para mi, o las evito. No soy cazador de situaciones imposibles, y al igual que muchos prefiero rodear los fracasos e ir “a la segura”, con la conciencia de que de lo único que puedo estar seguro, es de que no estoy seguro de nada. Engañarse no cuesta nada más que un poco de tiempo tal vez, aunque después las ilusiones acaben pagándose con lágrimas devaluadas, y esa es una de las lecciones que la vida se empeña tanto en enseñarnos. Y precisamente una de las que más dejamos de lado cuando todo parece sonreírnos. La suerte es una novia coqueta que te besa y se va con el primero que pase a su lado, que te sonríe insolente mientras se aleja con sus mañanas soleadas, clavándote en la espalda sus nubes negras. Y cuando miras un poco hacia atrás…
El niño se llamaba Luis, Luis Javier creo. Y tenía no más de cinco años. Y sonreía por todo.
Se despertó primero con los ojos como un gato, clavándolos como uñas en la cara de su mamá, y estiró la mano para palpar la huella que un sueño roto había dejado en su cara; la chica también sonrió, o hizo un gesto parecido a una sonrisa melancólica y resignada. Yo los vi mientras pagaba mi desayuno tardío (no era demasiado tarde para desayunar, solo me había retrasado ¿qué? ¿Doce horas?), y resultó que les tocaba ir al mismo sitio que a mi, Guadalajara. Aunque por razones distintas, eso es obvio: yo iba a resguardarme de todos mis demonios y a enfrentarlos con un amor inmenso, y ellos venían corriendo con unos cuantos fantasmas aferrándose a su cuello. Y no creo que hayamos hecho bien en conocernos.
Entonces el niño se llamaba Luis y sonreía por todo. Al principio pensé que tenía una especie de enfermedad mental, una especie de autismo o ensimismamiento porque miraba para todos lados como distraído y señalaba la ventana despidiéndose de alguien invisible diciéndole que ya no volvería, que ya no quería volver y que esperaba que su abuela lo quisiera tanto como él esperaba. Luego sentí que igual que yo se despedía de este lugar. En cierto aspecto ese niño se parecía mucho a mí, sobre todo la torpeza que me caracteriza al ser sutil. Sonreí también, “¡buena por esa!”, me dije a mi mismo. La madre lo miraba condescendiente y con esa paciencia que siempre tienen las madres cuando uno hace algo que no es del todo debido, una paciencia que hasta parece reproche, no sabría como explicarlo, supongo que me entiendes.
Nos tocó arribar, y la gente comenzó a agolparse en la salida, aunque sabíamos todos que terminaríamos saliendo a las diez y media por si algún pasajero se retrasaba en el baño o comprando alguna baratija que le recordara este viaje; yo preferí abordar al último para evitar este tipo de situaciones, ya de por si detesto a la gente y no creía tener el aplomo en ese momento para aguantarla tan cerca. En realidad no eran muchos, pero con unos pocos se puede armar un caos, eso que ni que. Entonces estaba una chica al pie del autobús repartiendo una bolsa con papas fritas, un sándwich y un jugo para el camino decía; aun conservo la bolsa por ahí.
La madre dejó en el portaequipaje dos cajas de cartón y una mochila muy grande, “entonces si se va”, dije para mi mismo y abrí el paquete de unicel que me dieron donde compré la hamburguesa mientras miraba por la ventanilla, “chale, aquí hasta a la hora de comer te roban, ya no hay respeto por la vida”, me burlé. Siempre me burlo de todo, sobre todo lo que me implica a mi mismo pensando que las cosas pueden ser mejores de lo que espero. El niño se asomó por encima del asiento, se quedó quieto, escudriñándome, sigiloso (este jodido niño, ¿qué carajos me veía?). Me sonrió con los ojos, con un cinismo infinito, como las personas que te arrojan al abismo y se percatan de que hayas caído hasta el fondo; y dijo “yo soy Luis, mucho gusto”. Estiró la mano y me le quedé viendo esperando que se notara el gesto de “esfúmate” en mi rostro. Pero no se esfumó, únicamente me preguntó “¿Te vas a comer todo eso?”, con una expresión casi artística, sin retirar su mano impasible que oscilaba enfrente de mi. Le devolví el saludo y le dije “puede que si”.
Se escuchó como se encendía el motor con un leve zumbido, y el chofer dijo “pasajeros con destino a la ciudad de Guadalajara, muy buenas noches, mi nombre es zhhzhhihiuh y hoy voy a ser su shfzszz, que tengan un buen shzfhsd”.
Juro que iba a devorar esa comida, juro que nunca me había sentido más hambriento e incluso omití el rito de exprimir los sobrecitos de cátsup encima de las papas, pero el chico no dejaba de verme, maldita sea. Sabía lo que sucedería después. Le pregunté por el refrigerio que nos habían dado al subir y observaba como nos íbamos deslizando por las calles vacías del norte de la ciudad, evadiendo sus pupilas inquisidoras, y él me dijo sin ambages “Ah, ya me lo comí, es que era bien poquitito y yo no había comido nada”. Por dios, que alguien mate a este criminal, pensé. Podía sentir sus ojos clavados en mí, arañándome la conciencia, y le dije por fin “¿Quieres?”, a lo que él respondió magistralmente “¿Qué?”. Carajo. Era un niño, manipulador y abyecto en sus deseos, como todos, pero él era un niño. Con su sonrisa limpia y sus días por delante, y las imágenes vívidas y la inocencia fresca; e iba a comerse mi hamburguesa. No había que decirnos mucho: yo estaba en sus manos y él en las mías, así que como quien no quiere me dijo “está bien”. Y se llevó el paquete de unicel. La madre estaba recargada en el cristal y yo estaba esperando que el chico se portara bien y me devolviera al menos la mitad de cada cosa. Escuché al niño decir “¿quieres una mordida?” con una ternura indescifrable, a lo que otra voz contestó al instante “Pero nada más poquito”, y entonces empecé a despedirme de mi desayuno tardío. Pero el chico me devolvió las papas cono el pretexto de que “están frías y frías no me gustan”. Nunca he sabido si es inocencia o cinismo lo que caracteriza la forma de actuar de los niños, casi maquiavélica, casi tan cómica y dramática al mismo tiempo. Me preguntó que a donde iba y le dije “a Guadalajara”, y contestó “¿A visitar a tu abuela?”. Genial, mi abuela había muerto hacía ya 17 años, y yo no había tenido al menos en los últimos 6 meses un respiro para pensar en eso, parece que se nos desvanecieran momentos o nos enredemos de manera incongruente en el presente tan absurdo, al menos a mi me pasa.
En la escuela le decían Javier, y eso a él no le gustaba; pero él ahora ya no iba a ir a la escuela porque él le pegaba y la escuela estaba cerca de su casa, por eso ya no iba a regresar, y tenía la decisión firme de quedarse a vivir para siempre en un lugar lejos del dolor y de los brazos llenos de moretones (la madre dormía tranquila en el asiento de enfrente). Él era una mala persona y por eso ya no lo quería, y nunca más iba a volver a quererlo, porque alguien que les pega a los niños no merece ser querido. Lo decía “Calcetín con Rombos Man, el de ’31 minutos’, ¿si lo has visto?”.
Me pregunto a donde vamos, atravesando la vida con la violencia como estandarte, con las agujas punzantes en el corazón y en la piel, ahogándonos en este pantano de esperanzas rotas y fé perdida. A decir verdad yo también estaba huyendo de algo, con la prisa que llevan los desterrados, con la nostalgia de los olvidados. Y mientras Luis Javier dormía, intentaba explicarme el porque nos equivocamos al poner la dirección de nuestros sueños con destinatarios equivocados.
La chica que no se si era su madre sollozaba en silencio, con el peso de las culpas sobre sus pensamientos, el niño era inocente de todo y le había tocado pagar parte de las deudas que tenía con su destino, por el simple hecho de equivocarse al calcular la distancia entre las ilusiones y las pesadillas. Cuando es de noche en la vida todo parece igual y entonces uno se conforma con lo más conveniente. Tal vez el chico era inesperado y ella demasiado estúpida. Tal vez el hombre que los violentaba empezó a sentirse tan vacío que se convirtió en un poseso de la ira. A veces nuestros propios miedos nos transforman en bestias heridas que se lanzan ciegas sobre lo que pensamos son otras bestias, y lastimamos a diestra y siniestra por el simple hecho de ver como sufre alguien, Dany hace poco me dijo que cuando nos lastiman buscamos irremediablemente lastimar… De todos modos, hay que mirar de vez en cuando para atrás para que no vuelvan a cometerse los mismos errores, porque si la historia se repite es que no se ha aprendido nada.
Espero que Luis nunca tenga que enfrentarse a la ceguera que nos causan los dolores, a la rabia ciega que nubla los ojos y nos inunda la garganta de gritos y desesperación. Espero que no se lastime a si mismo. Y espero también que las semillas de violencia que le sembraron en el alma no lo despierten como el aliento de un fantasma en mitad de la madrugada sin poder recordar apenas nada…
Destinatarios Equivocados
“el amor se compra y se vende
Se vende y se compra
A la vuelta de la esquina”
Nada de despedidas, nada de amenazas. Sin explicaciones innecesarias, a esas alturas todo estaba demás. Sin tormentos, sin contratiempos, ni lugar a dudas. Ni siquiera el absurdo pensamiento de una vuelta. Ni huella del amor eterno jurado, maldito y olvidado. Solo un montón de basura en un rincón de la pequeña habitación, que ahora parecía inmensa. ¿Quién iba a pensar que apenas seis años atrás ahí mismo iba a empezar un sueño que mas tarde se convirtió en desengaño? Es que las promesas se hicieron para romperse. O al menos es más fácil pensarlo de ese modo, así uno se deslinda de toda responsabilidad por lo dicho o lo hecho. A final de cuentas está en la naturaleza de todos y el significado de las palabras termina siendo solo momentáneo, y no es que olvidemos, es que ocultamos. O pretendemos ocultar, aun cuando nadie es más responsable de lo que se dice, que uno mismo.
Ella, nunca supe su nombre pero tenía un ojo morado; no había que ser un genio para saber que estaba huyendo de algo; de alguien, mejor dicho. Miraba con aire distante los autobuses tras la ventana con el niño entre los brazos, esperando (como yo), que nos llamasen para abordar, pero con un gesto que disimulaba impaciencia. Sin embargo, yo no sabía su destino. Y creo que ni maldita la gana de saberlo. El niño estaba dormido, tranquilo, recargado contra el regazo protector de su madre… Supuse que era su madre, aunque no se, mi imaginación a veces me traiciona y al mirarlos de reojo y al percatarme de la mancha púrpura que cubría el párpado izquierdo y parte del pómulo de la chica, pensé que lo habían secuestrado y que ella había decidido arrepentirse y huir con el chico porque le había tomado cariño; en esta ciudad uno nunca sabe, uno se puede topar con una buena mala persona o con una mala buena persona apenas con salir a caminar un poco. La ciudad que todo lo ve y todo se lo calla, por eso uno nunca sabe.
Bien, entonces la chica tendría alrededor de los 26 años, y era bonita, pero el niño definitivamente no era su hermano.
Después de retrasarse dos veces, el camión partía a las diez con quince, por la puerta que tenía enfrente, y no faltaba más de media hora. Afuera había dejado de llover y la noche suspiraba quieta y agazapada contra si misma, como una mujer tumbada en la cama después de haber llorado incesantemente durante un largo rato. Será que la ciudad se está volviendo vieja y por eso es cada vez más sentimental… o quien sabe, porque también el clima estaba más impredecible que el pronóstico del melate ese septiembre. Así que como quedaba tiempo, decidí asesinar el hambre, que empezó a moverse lentamente dentro de mí, con su contoneo de odalisca que se va desnudando, que va descubriendo delicias inasequibles; sucede que a veces por más que lo quieras, terminas comiendo lo contrario a lo que pensabas, y los sabores imposibles que embelesaban tu lengua se desvanecen al primer bocado. También sucede que a veces las cosas no son lo que parecen. El hambre siempre engaña.
Por eso compré una hamburguesa, con doble carne y papas a la francesa y refresco, paquete completo. No me gusta complicarme. Ni siquiera con estas cosas. Siempre voy a lo básico y que parece satisfacer mis necesidades más próximas; o a lo mejor las cosas complicadas no son para mi, o las evito. No soy cazador de situaciones imposibles, y al igual que muchos prefiero rodear los fracasos e ir “a la segura”, con la conciencia de que de lo único que puedo estar seguro, es de que no estoy seguro de nada. Engañarse no cuesta nada más que un poco de tiempo tal vez, aunque después las ilusiones acaben pagándose con lágrimas devaluadas, y esa es una de las lecciones que la vida se empeña tanto en enseñarnos. Y precisamente una de las que más dejamos de lado cuando todo parece sonreírnos. La suerte es una novia coqueta que te besa y se va con el primero que pase a su lado, que te sonríe insolente mientras se aleja con sus mañanas soleadas, clavándote en la espalda sus nubes negras. Y cuando miras un poco hacia atrás…
El niño se llamaba Luis, Luis Javier creo. Y tenía no más de cinco años. Y sonreía por todo.
Se despertó primero con los ojos como un gato, clavándolos como uñas en la cara de su mamá, y estiró la mano para palpar la huella que un sueño roto había dejado en su cara; la chica también sonrió, o hizo un gesto parecido a una sonrisa melancólica y resignada. Yo los vi mientras pagaba mi desayuno tardío (no era demasiado tarde para desayunar, solo me había retrasado ¿qué? ¿Doce horas?), y resultó que les tocaba ir al mismo sitio que a mi, Guadalajara. Aunque por razones distintas, eso es obvio: yo iba a resguardarme de todos mis demonios y a enfrentarlos con un amor inmenso, y ellos venían corriendo con unos cuantos fantasmas aferrándose a su cuello. Y no creo que hayamos hecho bien en conocernos.
Entonces el niño se llamaba Luis y sonreía por todo. Al principio pensé que tenía una especie de enfermedad mental, una especie de autismo o ensimismamiento porque miraba para todos lados como distraído y señalaba la ventana despidiéndose de alguien invisible diciéndole que ya no volvería, que ya no quería volver y que esperaba que su abuela lo quisiera tanto como él esperaba. Luego sentí que igual que yo se despedía de este lugar. En cierto aspecto ese niño se parecía mucho a mí, sobre todo la torpeza que me caracteriza al ser sutil. Sonreí también, “¡buena por esa!”, me dije a mi mismo. La madre lo miraba condescendiente y con esa paciencia que siempre tienen las madres cuando uno hace algo que no es del todo debido, una paciencia que hasta parece reproche, no sabría como explicarlo, supongo que me entiendes.
Nos tocó arribar, y la gente comenzó a agolparse en la salida, aunque sabíamos todos que terminaríamos saliendo a las diez y media por si algún pasajero se retrasaba en el baño o comprando alguna baratija que le recordara este viaje; yo preferí abordar al último para evitar este tipo de situaciones, ya de por si detesto a la gente y no creía tener el aplomo en ese momento para aguantarla tan cerca. En realidad no eran muchos, pero con unos pocos se puede armar un caos, eso que ni que. Entonces estaba una chica al pie del autobús repartiendo una bolsa con papas fritas, un sándwich y un jugo para el camino decía; aun conservo la bolsa por ahí.
La madre dejó en el portaequipaje dos cajas de cartón y una mochila muy grande, “entonces si se va”, dije para mi mismo y abrí el paquete de unicel que me dieron donde compré la hamburguesa mientras miraba por la ventanilla, “chale, aquí hasta a la hora de comer te roban, ya no hay respeto por la vida”, me burlé. Siempre me burlo de todo, sobre todo lo que me implica a mi mismo pensando que las cosas pueden ser mejores de lo que espero. El niño se asomó por encima del asiento, se quedó quieto, escudriñándome, sigiloso (este jodido niño, ¿qué carajos me veía?). Me sonrió con los ojos, con un cinismo infinito, como las personas que te arrojan al abismo y se percatan de que hayas caído hasta el fondo; y dijo “yo soy Luis, mucho gusto”. Estiró la mano y me le quedé viendo esperando que se notara el gesto de “esfúmate” en mi rostro. Pero no se esfumó, únicamente me preguntó “¿Te vas a comer todo eso?”, con una expresión casi artística, sin retirar su mano impasible que oscilaba enfrente de mi. Le devolví el saludo y le dije “puede que si”.
Se escuchó como se encendía el motor con un leve zumbido, y el chofer dijo “pasajeros con destino a la ciudad de Guadalajara, muy buenas noches, mi nombre es zhhzhhihiuh y hoy voy a ser su shfzszz, que tengan un buen shzfhsd”.
Juro que iba a devorar esa comida, juro que nunca me había sentido más hambriento e incluso omití el rito de exprimir los sobrecitos de cátsup encima de las papas, pero el chico no dejaba de verme, maldita sea. Sabía lo que sucedería después. Le pregunté por el refrigerio que nos habían dado al subir y observaba como nos íbamos deslizando por las calles vacías del norte de la ciudad, evadiendo sus pupilas inquisidoras, y él me dijo sin ambages “Ah, ya me lo comí, es que era bien poquitito y yo no había comido nada”. Por dios, que alguien mate a este criminal, pensé. Podía sentir sus ojos clavados en mí, arañándome la conciencia, y le dije por fin “¿Quieres?”, a lo que él respondió magistralmente “¿Qué?”. Carajo. Era un niño, manipulador y abyecto en sus deseos, como todos, pero él era un niño. Con su sonrisa limpia y sus días por delante, y las imágenes vívidas y la inocencia fresca; e iba a comerse mi hamburguesa. No había que decirnos mucho: yo estaba en sus manos y él en las mías, así que como quien no quiere me dijo “está bien”. Y se llevó el paquete de unicel. La madre estaba recargada en el cristal y yo estaba esperando que el chico se portara bien y me devolviera al menos la mitad de cada cosa. Escuché al niño decir “¿quieres una mordida?” con una ternura indescifrable, a lo que otra voz contestó al instante “Pero nada más poquito”, y entonces empecé a despedirme de mi desayuno tardío. Pero el chico me devolvió las papas cono el pretexto de que “están frías y frías no me gustan”. Nunca he sabido si es inocencia o cinismo lo que caracteriza la forma de actuar de los niños, casi maquiavélica, casi tan cómica y dramática al mismo tiempo. Me preguntó que a donde iba y le dije “a Guadalajara”, y contestó “¿A visitar a tu abuela?”. Genial, mi abuela había muerto hacía ya 17 años, y yo no había tenido al menos en los últimos 6 meses un respiro para pensar en eso, parece que se nos desvanecieran momentos o nos enredemos de manera incongruente en el presente tan absurdo, al menos a mi me pasa.
En la escuela le decían Javier, y eso a él no le gustaba; pero él ahora ya no iba a ir a la escuela porque él le pegaba y la escuela estaba cerca de su casa, por eso ya no iba a regresar, y tenía la decisión firme de quedarse a vivir para siempre en un lugar lejos del dolor y de los brazos llenos de moretones (la madre dormía tranquila en el asiento de enfrente). Él era una mala persona y por eso ya no lo quería, y nunca más iba a volver a quererlo, porque alguien que les pega a los niños no merece ser querido. Lo decía “Calcetín con Rombos Man, el de ’31 minutos’, ¿si lo has visto?”.
Me pregunto a donde vamos, atravesando la vida con la violencia como estandarte, con las agujas punzantes en el corazón y en la piel, ahogándonos en este pantano de esperanzas rotas y fé perdida. A decir verdad yo también estaba huyendo de algo, con la prisa que llevan los desterrados, con la nostalgia de los olvidados. Y mientras Luis Javier dormía, intentaba explicarme el porque nos equivocamos al poner la dirección de nuestros sueños con destinatarios equivocados.
La chica que no se si era su madre sollozaba en silencio, con el peso de las culpas sobre sus pensamientos, el niño era inocente de todo y le había tocado pagar parte de las deudas que tenía con su destino, por el simple hecho de equivocarse al calcular la distancia entre las ilusiones y las pesadillas. Cuando es de noche en la vida todo parece igual y entonces uno se conforma con lo más conveniente. Tal vez el chico era inesperado y ella demasiado estúpida. Tal vez el hombre que los violentaba empezó a sentirse tan vacío que se convirtió en un poseso de la ira. A veces nuestros propios miedos nos transforman en bestias heridas que se lanzan ciegas sobre lo que pensamos son otras bestias, y lastimamos a diestra y siniestra por el simple hecho de ver como sufre alguien, Dany hace poco me dijo que cuando nos lastiman buscamos irremediablemente lastimar… De todos modos, hay que mirar de vez en cuando para atrás para que no vuelvan a cometerse los mismos errores, porque si la historia se repite es que no se ha aprendido nada.
Espero que Luis nunca tenga que enfrentarse a la ceguera que nos causan los dolores, a la rabia ciega que nubla los ojos y nos inunda la garganta de gritos y desesperación. Espero que no se lastime a si mismo. Y espero también que las semillas de violencia que le sembraron en el alma no lo despierten como el aliento de un fantasma en mitad de la madrugada sin poder recordar apenas nada…
Más de lo menos
Más miedo que rabia
más rabia que inteligencia
más inteligencia que huevos
más huevos que historias
más historias que sueños
¿soñar con quién?
¿a vos quién te sueña?
¿soñar lo qué?
¿a vos qué te sueñan?
Más roña que sangre
más sangre que tumbas
más tumbas que cruces
más cruces que cristos
más cristos que fe
más fe que justicia
¿justicia de quién?
¿quién te ajusticia?
¿justicia lo qué?
¿cuál justicia?
más hambre que nunca
más de lo menos
más más hambre que nunca
más hambre que alegría
más mudos más ciegos
más sordos más viejos
más acostumbrados
más empantanados
más de lo de ayer
más desorientados
¿adónde correr en este bodoque
tan muertos de sed y cuidando el
cogote?
más hambre que nunca
más de lo menos
más más hambre que nunca
más hambre que alegría
más rabia que inteligencia
más inteligencia que huevos
más huevos que historias
más historias que sueños
¿soñar con quién?
¿a vos quién te sueña?
¿soñar lo qué?
¿a vos qué te sueñan?
Más roña que sangre
más sangre que tumbas
más tumbas que cruces
más cruces que cristos
más cristos que fe
más fe que justicia
¿justicia de quién?
¿quién te ajusticia?
¿justicia lo qué?
¿cuál justicia?
más hambre que nunca
más de lo menos
más más hambre que nunca
más hambre que alegría
más mudos más ciegos
más sordos más viejos
más acostumbrados
más empantanados
más de lo de ayer
más desorientados
¿adónde correr en este bodoque
tan muertos de sed y cuidando el
cogote?
más hambre que nunca
más de lo menos
más más hambre que nunca
más hambre que alegría
Los Caballeros de la Quema
"La paciencia de la Araña"
☠PIRATA☠
eltragasables@gmail.com


Super Mario Rampage


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